El humo es lo único que pulula con plena libertad.
Los responsables del orden todavía no han acabado con los grupos que se reúnen de día o de noche para beber en plena calle, y ahora, además, tendrán que ocuparse de los pobres fumadores, ateridos en rincones callejeros, casi clandestinos, donde dejan las toses, las colillas y sus malos humos.
La nueva ley antitabaco, que como tantas cosas palaciegas se ha hecho a plazos y mal, también ha quedado incompleta: no contempla la posible existencia de fumaderos. ¡Mecachis! ¿Dónde se toman sus güisquis los bebedores? ¿Dónde buscan la suerte los tahúres? ¿Dónde se juega a los bolos? O ¿dónde se practica el amor de pago? Cada actividad, cada vicio, tiene su escenario. Cuesta entender por qué los fumadores no tienen, como todos, su espacio.
Con esto se pone de manifiesto, otra vez, la ineficacia de esta ley y su contenido discriminatorio. Los legisladores podrían haber legalizado los fumaderos y, de paso, inventarse un canon especial para hacer caja. ¡Qué ineptos!
No han sabido preservar todos los derechos de los no fumadores, y encima coartan la libertad del que quiere fumar. En primer lugar, los que no fuman tienen que aguantar el parloteo de los fumadores en la calle a cualquier hora, la presencia del humo —el único que pulula con plena libertad— y el decorado que pintan las colillas por los suelos. A todo esto, a los del cigarro no se les facilitan las cosas para que puedan envenenarse a su gusto; eso si, sin molestar a nadie.
Quizá lo que pretende esta ley es que los fumadores dejen el tabaco y se libren de enfermedades y sufrimientos. Si es así, que se diga abiertamente y, en lugar de abrir fumaderos, que acaben con las tabacaleras y cierren los estancos. ¿Lo uno y lo otro? Las leyes no serán tan torpes, no; pero algún día…
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